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Ya nada
le sale. Ni cuando lo merece puede ganar. Iban 25
minutos del primer tiempo y Los Andes había mostrado
mejores intensiones. Actitud para luchar las pelotas
divididas, buena circulación de fútbol en el medio,
jugadas asociadas por la izquierda y otras yerbas.
Pero después del cachetazo por el gol de Telmo todo
cambió. Volvió el Milrayitas de antes. El que sufre en
cada ataque rival, el que no sabe cómo lastimar de tres
cuartos de canchas hacia adelante, el que cae
repentinamente en los centros frontales y el que nunca
no logra reponerse. Ahí está la cuestión. Este plantel
anímicamente está destrozado. Hay ausencia de confianza.
Un lavado de cabeza urgente...
Será
porque muchos no se imaginaban este presente, pero nadie
puede entender el vigésimo puesto en la tabla. Doloroso.
Impensando. Y hasta lamentable. Porque ni siquiera se le
pudo marcar un gol a una línea de fondo de San Telmo que
no paraba de dar ventajas. De arranque se estuvo cerca,
aunque faltó puntería. Fede García contó con la primera
y su remate salió desviado. Luego lo tuvo Churín, tras
una gran jugada colectiva entre el Pitu Gómez y el
Poeta, pero su remate se fue desviado. Los Andes tenía
el control, y el Candombero iba como podía. Es verdad
que también se pudo poner en ventaja al minuto, pero
Cubito Cáceres le atragantó el grito a Ricardo Segundo.
Sin embargo, cuando el reloj marcaba la media hora de
juego, el joven delantero tendría revancha. Un viejo
conocido como Facu Coyra entró en soledad por el carril
derecho, envió un centró rasante y el 7 la empujó a la
red. Ahí estaba la diferencia. Con más practicidad,
el local hacía fácil aquello que para Los Andes era
imposible.
Y el
1-0 se sintió. Pegó duro. Gómez, García y Tridente ya no
marcaban la diferencia. Ahora prevalecía más el trabajo
de Ale Friedrich en el medio y las subidas de Maxi
Barreiro. El resto casi no se notaba. Porque con la
victoria a su favor, el conjunto de la Isla se agrandó y
el Rojo no supo cómo contrarrestarlo. Y por si fuera
poco, en el segundo tiempo, en su mejor momento, el
Candombero volvió a lastimar. Fue la herida más
profunda. Coyra, de lo mejor de la cancha para manejar
los tiempos, comandó una contra, abrió a Angel Mendoza,
éste tiró un centro pasado y Vaccaría, solo por detrás,
cabeceó para poner el 2-0. Ya está. Partido liquidado.
El resto estaba de más. Pese a que el Milrayitas quemó
sus últimas naves y minó el campo contrario con
jugadores ofensivos no alcanzó.
A la
vista volvió a quedar que el problema de este equipo no
se llamaba Cachín Blanco. Tampoco que no se puede ganar
con merecimientos. Otras cuestiones pesan más. Los nueve
partidos sin ver el triunfo. Un barco que está a la
deriva. La pesadilla que continúa. Y el futuro que nadie
se atreve a imaginar…